martes, 6 de abril de 2021

A propósito de la Solidaridad con Cuba, apuntes de una crónica

Gisela Arandia Covarrubias

Escuchando en estos días comentarios del Presidente Miguel Díaz Canel acerca de la duración del bloqueo contra Cuba, recordé un encuentro realizado en la ciudad de Oakland en el año 1998, durante la Conferencia Diálogo con Cuba organizado por la universidad estadounidense de California Berkeley, donde participamos un grupo de intelectuales y científicos cubanos y el bloqueo fue uno de los temas. Vino a mi mente entonces, el planteamiento cuando expliqué del impacto espiritual de esa agresiva medida, contra personas cubanas arraigadas a su identidad cultural en cualquier lugar del mundo donde se encuentren.

Allí hablé del impacto cultural del bloqueo, en el espacio que trasciende más allá del daño político, económico, como falta de medicamentos y equipos médicos. Hice una referencia a la angustia que provoca una escasez sostenida en la vida cotidiana, donde las generaciones más jóvenes no han conocido otra realidad que la de carencias, una niñez con limitaciones mínimas para su disfrute, por la ausencia de cosas sencillas, como juguetes modernos, que estimulen sus habilidades, también mencioné la incertidumbre de las amas de la casa a la hora de confeccionar la alimentación familiar debido a la falta de productos simples pero indispensables en la dieta. Insistí en la tristeza de las familias que no podían tener las relaciones que tienen otros pueblos, donde la emigración es un fenómeno cotidiano. Acababa de concluir una investigación en Miami, organizada por la Universidad Internacional de la Florida y tenía fresco aun aquellos encuentros con familias cubanas donde llorar por la isla era algo frecuente.

Pero la razón de esta crónica fue la idea del Presidente cubano con referencia la duración del bloqueo a Cuba, el más largo de la historia. Un tema que remite a diversas variables. A pesar que Cuba no posee las riquezas enormes como otras naciones, sus recursos petroleros son aún incipientes comparados con otros territorios y están aún en proceso de estudios, las reservas de minerales estratégicos tampoco ofrecen ganancias millonarias. Una realidad conocida desde el siglo XIX, para el imperio, hacia una nación que, por cierto, no ha sido una prioridad política para ellos. Tampoco han intentado una invasión armada con militares estadounidenses como la realizada a decenas de países del mundo, aunque saben que, en este caso, la respuesta sería sin vencedores ni vencidos.

¿Por qué entonces esta persistencia solo con Cuba? Incluso el caso de Vietnam, escenario de pérdidas humanas para ambas partes luego de una guerra que conmovió a la sociedad estadounidense o de conflictos con otros países donde han realizado agresiones directas o diplomáticas. ¿Por qué este abuso sostenido contra esta isla vecina donde el bloqueo tiene un amplio consenso histórico de rechazo en diversas instancias en los propios Estados Unidos? Entonces, ¿Qué molesta tanto de esta pequeña isla del Caribe con solo 110.860 kilómetros cuadrados de superficie?  Tal vez una respuesta pudiera estar en el acercamiento a temas de las Humanidades y las Ciencias Sociales, como las identidades culturales.

En todos los años de bloqueo, fue Barak Obama, un presidente, no blanco quien hizo una reflexión diferente acerca de este largo conflicto. No voy a presentar un elogio, sino hurgar en una mirada diferente, para escarbar en el espacio de aquellas subjetividades culturales, que finalmente conforman el comportamiento humanista. La genealogía de Obama no fue la típica del estatus quo de ese país, nació en Honolulu de padre economista africano y madre antropóloga estadounidense, sus estudios primarios fueron en Hawaii, con sus abuelos maternos, con una educación que culminó con calificaciones sobresalientes en Harvard. Su nivel profesional le aportó una mirada pragmática sobre Cuba:

“Cuando yo era niño este conflicto ya estaba andando y en más medio de siglo no ha cambiado nada a favor de Estados Unidos…

Como dirían tal vez, los filósofos de la Ilustración, las estrategias y tácticas empleadas han sido obsoletas, por lo que propongo explorar en la historia como esa disciplina científica que describe, grosso modo, los acontecimientos sociales y para ello tenemos como guía imprescindible a José Martí, [1] quien vaticinó con más de un siglo de anticipación la significación de ese imperio en su empeño sostenido de ser el amo del continente. Ahí encontramos a un Estados Unidos que veía y sentía a la isla como una prolongación de su territorio, donde como dueños, determinaban su hoja de ruta desde lo más sencillo como promover su modo de vida, [2] hasta decisiones como el tratado de París. Donde para eliminar a España en una suerte de ultimátum, llegaron a nombrar sus maniobras, con cínica serenidad como “acuerdo hispano-americano” [3] supuestamente para liberar a una Cuba que ya prácticamente había vencido a las tropas españolas.

Una práctica de expropiación empleada también con pueblos nativos originarios de ese país o con territorios de México. Es decir, la historia desde el enfoque de los Anales [4] anuncia de un conflicto de larga duración entre el poderoso Goliat y el joven David. Pero además de la historia está la significación psicológica desde una perspectiva quizás freudiana de un padre dominante y poderoso que no acepta la ruptura de una hija tal vez, bastarda, pero a quien quiere mantener bajo su dominio absoluto. Tendría que formularse la hipótesis: ¿Es acaso una falta capacidad síquica para aceptar que algo que es supuestamente suyo se revele contra su autoridad? Lo que parece también una reflexión inaceptable.

Ahora desde la Sociología, con una visión clasista y filosófica, veamos como Hitler decidió que los judíos no tenían derecho a vivir, por eso creó los campos de concentración para el exterminio de esos pueblos, desde el paradigma de una superioridad identitaria, de personas blancas-europeas-cristianas, supuestamente con genes de inteligencia superior. Una identidad cultural, vigente en Estados Unidos que lamentablemente fue posible observar en los acontecimientos recientes durante el proceso electoral.

Al proclamarse con una identidad superior no soportan, no admiten ser derrotados ni perder un ápice de aquello que han creído suyo. Más dramático todavía si se trata de lo que han considerado su patio, donde han perdido una parte de su propiedad y no aceptan perder, ni ser superados por otros, menos aun quedar en ridículo, eso duele mucho.

Porque algo que la administración estadounidense no soporta, es el trauma cultural que Cuba le ha generado, una realidad que se expresa en Naciones Unidas, donde por años el mundo está a favor de Cuba y contra Estados Unidos. Podría plantearse que, para la mentalidad de un sector de esa dirigencia, resulta inadmisible reconocer que Cuba no se ha sometido a sus mandatos y hegemonía, pero no solo eso, sino que ha podido sobrevivir e incluso triunfar a pesar de las sanciones, una realidad que es demasiado fuerte para ese segmento de una elite, aferrada al pensamiento de una superioridad identitaria. 

Y ahí encontramos entonces, como la rabia acumulada puede aumentar. Gracias al bajo nivel político y desconocimiento acerca de la realidad cubana, Donald Trump encontró un espacio en Miami para una alianza, con sus colegas también rabiosos. Donde están quienes pensaron en 1959, que la emigración a Estados Unidos les daría la posibilidad de retornar a Cuba, como “sus dueños”, nuevamente. Aquellos que partieron con maletas en mano e imaginaron que dentro un año o dos a más tardar, estarían de regreso en sus casas, con sus criados, en sus propiedades. Pero fue un sueño que no se cumplió y el que Trump, les dio la esperanza de recuperar.

Como conclusión es posible pensar que el bloque de Estados Unidos contra Cuba, esconde una suerte de paranoia que ha penetrado de modo profundo en esa mentalidad colonizadora e imperial, que no admite un Waterloo. Ni la derrota en Girón, ni la pérdida de la guerra en Vietnam, que causó este dolor inexplicable, de quienes han imaginado que son los dueños del mundo. Porque ni las mentiras como la agresión sonora o la calumnia de que Cuba sea una nación que apoya el terrorismo logran desequilibrar a la población cubana. Ellos saben que David ya los derrotó hace tiempo, con sus avances científicos, culturales, deportivos, pero les causa pánico reconocerlo. Por eso Biden sigue con la indecisión de continuar  la agenda de Obama o pararse a mirar los toros desde la barandilla, como dijo Juan Formell, parafraseando su canción: Que tiene Cuba, que sigue ahí, ahí, ahi…!!!

 

Notas

-       [1]  José Martí “Nuestra América”

-       [2] Louis Pérez, “Ser Cubano identidad, nacionalidad y cultura” 2006.·Ed. Ciencias Sociales

-       [3] El Tratado de París de 1898, firmado el 10 de diciembre de 1898, terminó mal nombrado como Guerra hispano-estadounidense,  mediante el cual España abandonó sus demandas sobre Cuba y declaró su independencia. Filipinas, Guam y Puerto Rico fueron oficialmente cedidas a los Estados Unidos por 20 millones de dólares. Ese acuerdo ha sido considerado como el punto final del imperio español de ultramar y el principio del período de poder colonial de los Estados Unidos.

-       [4] La Escuela de Anales, es un enfoque historiográfico que pone énfasis en acontecimiento que tienen larga duración.

-       Gisela Arandia Covarrubias, colorcubano@cubarte.cult.cu 

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